Algunos ven el juego libre como una actividad ociosa, sin propósito y que desperdicia el tiempo “valioso” para aprender de los niños. Sin embargo, estas suposiciones no están fundamentadas en estudios reales y son producto de las creencias generales respecto a la educación infantil. 

La verdad del asunto es que el juego libre es uno de los elementos fundamentales y básicos para el desarrollo de un aprendizaje pleno.

Si bien, no se trata de que los niños dediquen su tiempo entero a actividades sin propósito, es totalmente necesario que se les proporcione el tiempo suficiente para jugar. Jugar no se trata de dirigir la atención del niño a jugar lo que los adultos consideramos es “mejor para su conocimiento”. Jugar se trata de ese espacio creativo, libre, sin órdenes donde los niños utilizan su imaginación para soñar despiertos y encontrar soluciones a sus dificultades. 

La magia de esto es el desarrollo de los sistemas cognitivos del niño, así como el desarrollo de su capacidad inherente para tomar sus propias decisiones.

Es en este espacio en el que los niños se liberan de las cadenas de la obligación, así como de la abrumación de las órdenes permanentes de los adultos. 

Para comprender un poco más este principio, es necesario comprender que un niño no es un objeto, ni un animal diferente del adulto. Un niño es un hombre o una mujer que no ha alcanzado su desarrollo completo, por lo cual, está facultado para pensar y crear.

Pensar y crear va más allá de obedecer patrones de conducta. Los patrones de conducta son necesarios para vivir en grupo y relacionarse con otros, sin embargo, la vida no se basa únicamente en patrones de conducta. 

Si a un niño se le impide pensar por sí mismo y se le restringe su desarrollo para crear, ese niño al crecer no habrá fortalecido sus principios lo suficientemente bien para enfrentarse a las dificultades de la vida. Su propio deseo de vivir se verá obstaculizado por esto y así encontramos a seres humanos adultos que no pueden encontrar su papel en la vida y encuentran caminos hostiles, solitarios, vergonzosos y dolorosos pues no han cultivado su capacidad para observar, tomar decisiones y actuar basado en ello.

Un joven “desadaptado” que busca refugio en las drogas y el alcohol, es un ejemplo de un ser humano que ha perdido su capacidad para ver la vida, para experimentar la vida y en cambio, es arrollado por ella.

No es una exageración. Un niño que no pueda experimentar el gozo de crecer, que no pueda experimentar la libertad del juego en su rostro, es una persona que verá la vida con dolor, con frialdad, cuadriculada y sombría.

La vida es un juego que vale la pena vivir. Los retos diarios pueden llevarnos a crecer si podemos verlos como tales. 

La capacidad de ver un obstáculo y encontrar el camino para superarlo es el índice de la inteligencia.

La inteligencia si bien necesita datos y herramientas como el aprendizaje de la lengua, el cálculo, la historia cultural, etc., no solo se basa en datos. Usa estos datos, así como la experiencia personal para observar un problema real y existente y fabricar una solución para el logro de sus objetivos.

La educación podría convertirse en una verdadera pérdida de tiempo si no está fundamentada en su propósito de brindar herramientas que lleven a la comprensión de la vida de los seres humanos, sus grupos, sus actividades, sus relaciones con ellos mismos, con los objetos y otros seres vivos, con su propio cuerpo, su mente, el universo, el Ser Supremo…

La educación es un Derecho Humano porque sin ella no podríamos comprender a nuestros semejantes, ni aprenderíamos a convivir, producir y ser eficientes en ayudar a otros a vivir mejor.

El juego es una herramienta de aprendizaje para el ser espiritual que es nuestro niño. Es el alimento de su inteligencia. El campo donde pone a prueba sus datos para lograr sus objetivos. Sus sueños son sus propósitos, sus deseos que lo impulsan a vivir.

En el juego libre el niño puede ser él mismo.

Observarlo jugar nos muestra nuestras fortalezas y nuestras falencias como padres, como tutores y mentores principales.

Si bien, pagamos un colegio, un tutor, lo llevamos a clases especiales para que otros le enseñen el uso del lenguaje, la cuantificación y el cálculo numérico, la historia de su nación, las leyes de su país, las normas de convivencia, la vida de los seres vivos, la observación de las estrellas, etc, etc, etc., ningún tutor o maestro es tan indispensable como papá y mamá. 

El gozo de vivir, la alegría de crecer, la libertad de la comprensión, la fortaleza del amor, la compasión, el respeto, el honor, la valentía… son principios que se aprenden en el seno del hogar.

El trato que le demos a nuestro niño, es el trato que tendrá hacia otros. El mundo que le pintemos y le mostremos, es el mundo en el que crecerá y del que será parte.

Un mundo hostil donde el placer no existe, donde el derecho a jugar se inhibe (porque jugar es un derecho humano), donde el derecho a pensar se castiga y se corrompe… Ese mundo sombrío ¿puede llevar a un niño a ser un ser humano completo y feliz? 

La respuesta está ante nuestros ojos.

Un niño es inocente, puro, cuerdo, honesto cuando se le da el suficiente alimento espiritual para desarrollarse y este alimento, requiere diversión.

Le damos vida a nuestros niños cuando les permitimos crear su propio espacio. Y su propio espacio lo crean al jugar.

Si al verlo jugar encontramos crueldad, la crueldad que ha recibido ha extinguido su capacidad para jugar. La crueldad no es juego. El juego requiere gozo.

Esa habilidad para divertirse con cualquier objeto simple es inherente en los pequeños. Sin embargo si ya llegado al punto de extinguirse, siempre se puede volver a aprender y como padres, somos responsables de rehabilitarlo.

Transformar una caja en una exploración espacial, no solo es divertido sino además terapéutico.

Hacer una orquesta con las ollas. Dar una función de teatro a una audiencia de peluches. Tomar el té con tacitas vacías y comer galletitas de aire alimenta nuestra espiritualidad.

Jugar con nuestros niños bien puede revivir nuestra capacidad para vivir. La pena a reir, el miedo a sentir el placer de jugar, no son sino inhibiciones de nuestra propia infancia.

Démonos la oportunidad de revivir el gozo de jugar aprovechando estos espacios con nuestros hijos. Y démosle la libertad de vivir su infancia corriendo, riendo con la libertad de su imaginación.

Carolina Aguilar Vélez

Escritora y Poeta Colombiana

Madre HomeSchooler 

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