Los niños son un libro abierto. Basta con acercarse a ellos para contemplar con sorprendente nitidez, cada manifestación humana.

No se requiere leer una biblioteca completa de libros sobre los niños para entender su comportamiento.

Los niños son personas. Se frustran y se enojan al igual que cualquier adulto. Lo cierto es que pueden recuperarse mucho más rápido que un adulto promedio o pueden quedarse atorados en alguna emoción si han sido inhibidos al extremo.

La cordura de un niño puede ser medida por el tiempo de recuperación. Y en este caso, los niños requieren una atención mayor para recuperarse ya que sus datos sobre la vida y el vivir son limitados.

La experiencia y el aprendizaje de la vida nos proporcionan libertad al pensar y actuar. Un niño, al carecer de éstos, puede experimentar el dolor y la frustración con mayor frecuencia y en mayor volúmen que un adulto promedio. Si recibe mucha presión y se le fija la atención en problemas en su entorno, su hogar, su nación, etc., puede enfermarse de gravedad.

Desde hace mucho tiempo, algunos profesionales en la salud mental han recomendado “ser amigos de sus hijos” a padres a lo largo de la historia y del mundo. ¿Pero qué significa ser amigos de nuestros hijos? Ser amigos de nuestros hijos implica manejar un alto grado confianza. 

Algunos han interpretado esto como contarle todo a nuestros hijos. Si bien la comunicación es la fuente principal de la confianza, lo son el amor y el nivel de realidad. 

Ampliando un poco esto, nos encontramos con una práctica nefasta para la salud mental y física de nuestros hijos. Convertirlos en nuestros confidentes, nuestros psicólogos no es “Ser amigos de nuestros hijos”. Esto es someterlos a la mayor tensión y preocupación que puede incluso hacerlos perder la ilusión y la esperanza de vivir.

Los niños son personas en desarrollo. Los niños son niños que necesita amor, comprensión, ayuda, atención. Sólo en la medida que reciban datos estables y puedan ver a sus padres como datos estables, pueden desarrollarse bien.

Los problemas financieros, matrimoniales, la depresión, el dolor, la enfermedad, los conflictos, requieren de fortaleza para ser superados. 

Es cierto que ellos deben aprender a manejarlos, pero la confesión dista mucho de un modelo de aprendizaje adecuado para la resolución de los problemas al vivir.

Un niño que ve a sus padres en combate y escucha las quejas de su madre hacia la infidelidad de su padre. Un niño que ve las lágrimas y la enfermedad de su madre por la soledad. Un niño que ve a su padre llegar a casa perdido en el alcohol por los problemas financieros. Es un niño que no tiene en su vida datos estables para aprender a vivir la vida. Es un niño que ve que ser adulto no vale la pena. Es un niño que se ha detenido en su crecimiento espiritual y empieza a contemplar la degradación humana como único recurso para vivir.

Ser amigo de nuestros hijos dista mucho de ésto.

Un amigo es alguien que te escucha, te comprende, te ayuda, no te juzga, te valora, aprecia tus esfuerzos, alimenta tu vida con diversión, es compañero de tus alegrías y tus tristezas. 

Seamos amigos de nuestros hijos, nosotros somos los que debemos ser sus amigos verdaderos, sus confidentes, sus datos estables con el buen juicio, el buen ejemplo.

Ellos nos observan permanentemente. Al haber vivido más que ellos encuentran en nosotros un modelo de vida. Esto no quiere decir que trabajemos en infundir respeto por miedo. O en mostrarnos perfectos para ser autoridades máximas. Esto significa que necesitamos mostrarles que los errores humanos tienen corrección y la cordura, la integridad, la ética implica que podemos volver al camino correcto cuando nos hayamos desviado.

Ser adulto no significa ser perfecto y esto deben saberlo. Un adulto no es más que una persona con las herramientas básicas y el nivel de comprensión fundamentales para sobrevivir. Pasamos un cuarto de nuestra vida en un colegio y una universidad adquiriendo los datos que nos ayudarán a interactuar con nuestros semejantes y a sobrevivir por nosotros mismos. Esta es la finalidad de la educación. 

Sin embargo, la supervivencia va más allá de recitar los países del mundo y sus capitales, o de resolver ecuaciones aritméticas de tres páginas. Y pese a graduarnos con honores, no recibimos un diploma por ser perfectos. No lo somos. 

Nuestros hijos nos ven con nuestras fallas y si no les damos el derecho de permitirles analizar que son fallas, si no ven la oportunidad de vernos pedir perdón y resarcir nuestros errores, si no ven que podemos usar la comunicación para resolver nuestras diferencias con otros; ellos mismos no podrán aprender cuando los castigamos por decir mentiras, por dañar la propiedad de otro, por pelearse con sus compañeros, por usar vulgaridades en su lenguaje, por incumplir con sus obligaciones, por todo lo que los castigamos. 

El castigo no educa, el castigo no enseña. Un niño aprende más con una charla amena donde se le explica el propósito de comunicarse que con una semana sin ver a sus amigos.

Aprende más con ver nuestro trato hacia nuestros propios padres, hacia nuestros vecinos, hacia nuestros jefes, nuestros compañeros de trabajo y con nuestra comunicación diaria.

Los principales tutores y maestros, los principales guías, somos los padres. Sin importar cuánto invirtamos en educación y cuidado para ellos, los buenos principios los aprenden directamente de nosotros.

Ser amigo de nuestros hijos implica tratarlos con amor, con respeto, con buena comunicación.

La buena comunicación requiere escuchar, duplicar su mensaje, comprenderlo y darle una respuesta adecuada a su mensaje recibido.

El típico trato donde el niño hace algo incorrecto en el que el papá pregunta ¿qué pasó? y el niño antes de responder se le cierra la boca con un golpe o con un grito pidiéndole que no responda, es un ejemplo de maltrato, de ausencia de respeto, de malas prácticas de comunicación, de ausencia de amor, de violencia frenética.

Esto no educa, esto daña y deteriora la bondad del niño.

No preocupemos a nuestros hijos con los problemas de nuestra tarjeta de crédito, en lugar de ello, aceptemos sus esfuerzos por ayudarnos cuando nos regalan un masajito en la espalda, cuando nos piden dejarlos ayudar en la cocina, cuando nos toman la temperatura y nos traen medicinas de juguete. Escuchemos y atendamos sus necesidades. Enseñémosles a respetar nuestro propio tiempo al brindarles tiempo de calidad y permitirles completar sus acciones importantes.

No interrumpamos sus juegos abruptamente, ellos verán con decencia y compromiso cuando les pedimos que no interrumpan nuestras llamadas.

Demos para recibir, no esperemos recibir para dar.

Como adultos, como padres, nuestra responsabilidad hacia ellos requiere de vivir con propósito y decencia. Y su primer ejemplo parte de nuestro propio trato hacia ellos mismos.

Un niño que recibe apoyo y comprensión inmediatos, que recibe amor en grandes dosis y se le enseña sin castigo, es un niño que está aprendiendo a vivir y que puede crecer para ser un adulto decente, confiable e íntegro.

Carolina Aguilar Vélez

Escritora y Madre HomeSchooler

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